
Que sea capaz de ejercer el oficio del sexo oral con ferviente alevosía, gimnasta olímpica de flexibilidad sobrehumana, sirena artífice de cánticos emanados en sonoros gemidos, esa mujer heroica e incansable es por supuesto la puta que todos queremos.
La realidad, sin embargo, atenta contra nuestras fantasías, pues en las noches, en las calles, en las esquinas, las putas distan abismos en parecerse siquiera un poco al estereotipo mental que durante años hemos albergado.
Víctimas frecuentes de todas las vejaciones, estas mujeres cuentan los minutos mientras son penetradas sin amor, mordidas sin erotismo, acariciadas con desprecio.
Por ser su fuente laborar considerada como ilegal, no pueden aspirar a un seguro médico, jamás soñaran con una vida nueva y distinta después de la jubilación, sus ganancias son reducidas a humildes centavos después de que su patrón, el padrote, se lleve la mayor tajada, a cambio de ofrecerle la seguridad de no ser golpeada o asesinada, en muchas ocasiones, por él mismo.
Para ser sinceros ó para ser realistas, no hay nada de placentero en la prostitución, mucho menos cuando resultas ser una de esas niñas que son iniciadas en el campo laborar desde los 8 años, ¿Que placer pueden obtener estas criaturas después de un severo desgarre anal?
Tu y yo, no queremos una puta en la cama, sólo una mujer feliz en pleno uso de sus libertades sexuales, una mujer sonriente, satisfecha con su cuerpo, en paz con los kilitos de mas o de menos que pudiera contener, una mujer curiosa, creativa y convencida que la exploración continua de los cuerpos y los sentidos es un pilar para el matrimonio feliz.
¿Cómo desarrollamos sociedades que comprendan la importancia de las libertades sexuales?
Esa respuesta nos importa, nos interesa, la necesitamos para rescatar a los matrimonios que viven en la confusión de los roles, que atentan contra la verdad bajo las sábanas, necesitamos garantizar la libertad sexual para que nuestros hijos puedan aspirar a una vida plena.
Esta equidad que nos espera, solo puede ser construida desde la unión de los géneros y la apertura a la comunicación honesta, desde la revisión consciente de lo que no funciona en pareja, de lo que lastima, despedir la vergüenza, la culpa y esa cultura nefasta que tiene como objetivo principal la veneración del pene.